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PREGÓN DE LA CABRA MALAGUEÑA EN CASABERMEJA

PREGÓN DE LA CABRA MALAGUEÑA   de la mano de Pepe Cobos En estos tiempos tan abundante en medios de conocimiento, pero tan escasos en alcanzar ese mismo conocimiento, parece que estamos todos los días descubriendo América o la pólvora. Y el caso es que ambas llevan varios siglos descubiertas. Digo esto porque al visitar […]

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PREGÓN DE LA CABRA MALAGUEÑA   de la mano de Pepe Cobos

En estos tiempos tan abundante en medios de conocimiento, pero tan escasos en alcanzar ese mismo conocimiento, parece que estamos todos los días descubriendo América o la pólvora. Y el caso es que ambas llevan varios siglos descubiertas. Digo esto porque al visitar la página web de vuestra asociación me quedé un buen rato leyendo y releyendo el apartado titulado ORIGEN DE LA RAZA CAPRINA MALAGUEÑA. Ahí leí algo que me pareció de especial importancia. Lo refiero tal como aparece en esa página. Dice textualmente así:

 

Desde el punto de vista histórico, la raza caprina malagueña es una de las que más influencia ha tenido sobre las diferentes poblaciones caprinas españolas y una de las más difundidas por la geografía nacional. De hecho, tanto individualizada como en pequeños núcleos se encuentra prácticamente en todas las regiones de España.

 

Esta difusión se ha visto favorecida por el arcaico sistema de comercialización de la población caprina mediterránea. El “cabrero-tratante” era una figura que partía de distintos lugares de la provincia con su rebaño de cabras hacia las diferentes regiones españolas, donde ofertaba los animales al mismo tiempo que vendía la leche obtenida en el ordeño diario de las cabras pendientes de vender. Tras la venta total de los animales regresaban a Málaga para preparar una nueva operación y recorrido.”

(Fin de la cita)

¿Sabemos lo que iba en esos rebaños? ¿Adivinamos lo que esos cabreros-tratantes llevaban en sus alforjas, en sus mentes, en sus conversaciones? ¡Llevaban a Málaga! Con ellos iban historias de Málaga, canciones, versos, leyendas, sucesos. Málaga a cuestas del cabrero por toda España. A esto, queridos amigos, se le llama, con letras mayúsculas: CULTURA. El cabrero tratante, itinerante, trashumante, era lo que hoy dirían los cursis modernos un “vector cultural”. Es decir, aquello que lleva cultura en sí mismo y se proyecta hacia otros. Yo diría que era un torpedo cultural. Málaga y los malagueños debemos mucho a esta figura humana que ha sido poco valorada culturalmente. El cabrero era para muchos un señor que iba y venía, que vendía y trataba con cabras y poco más. Y no era así. Cualquiera de nosotros tenemos la experiencia propia de ser agentes culturales cuando viajamos. Cuando llegamos a nuestro destino hacemos algo más que viajar. Con las gentes que nos encontramos inevitablemente hablamos de Málaga, contamos historias de Málaga, relatamos sucesos y enumeramos docenas de anécdotas de nuestra provincia. Esto es la transmisión de la cultura. La historia, y con ella la cultura de todos los pueblos, se ha transmitido siempre por la palabra hablada y por la palabra escrita. Mucho más por la boca que por la pluma. Y esto era lo que hacían los cabreros malagueños en los cuatro puntos cardinales de la nación. Llevaban cultura, la malagueña, y ellos mismos eran cultura. Y lo eran desde el mismo momento en el que representaban una forma de ser y estar en la vida. Que eso y no otra cosa es un pueblo. Gloria y homenaje, pues, a todos esos hombre anónimos que durante tanto tiempo llevaron y trajeron cultura. Fueron vehículos culturales de ida y vuelta, porque los mismos que llevaban nuestras cosas allende las fronteras de la provincia, también traían dichos y hechos de más allá de estos montes. La diferencia con nosotros es que ellos realizaron este encomiable trabajo de ida y vuelta sin coches, sin aves, sin aviones y sin internet. Lo tuvieron más crudo que nosotros. Por eso nuestro agradecimiento tiene que ser ilimitado.

Con lo dicho hasta ahora he querido expresaros un sentimiento que tenía almacenado en mi almario y que la lectura de vuestra página web me ha revuelto. Yo no me he planteado hablar aquí durante unos minutos de la excelencia de la cabra malagueña y de sus incomparables productos. De esto sabéis vosotros más que nadie, lo sabe ya muchísima gente y lo sabemos en el PIMPI donde todos los día damos fe de esa excelencia ante nuestros clientes que quedan, día a día, rendidos ante todos los derivados de este animal incomparable.

Mi pregón pretende, desde el comienzo, ser más íntimo. Yo, o hablo de lo que siento o me callo. Hablar en frío de la cabra malagueña y sus bondades delante de ustedes es como hablar de fusión nuclear delante de un tribunal de catedráticos de física nuclear. Convendréis conmigo en que eso no tiene mucho sentido. Ninguno, diría yo. Yo prefiero hablaros, por ejemplo, de mi experiencia como pastor de ovejas y como cabrero.

A los 8 años fui pastor. En la sierra de Córdoba. Allí pastoreé ovejas y cerdos. Las cabras vendrían después. Esa experiencia infantil me ha seguido siempre y como un Guadiana vital apareció, se ocultó y ahora en este momento de mi vida me vuelve una y otra vez con agrado, con emoción, con una presencia irresistible. Creo que fue una de esas etapas de la vida en las que uno es feliz y no lo sabe. Tienen que pasar los años para que volvamos a saborear aquellos días, recordar aquellos olores, sentir la sinfonía de colores que un pastor tiene delante cuando, mientras el ganado come, él se sienta en una piedra cualquiera y mira, oye y huele la naturaleza de la que en aquel momento forma parte inseparable. Ser pastor es un privilegio, desgraciadamente hoy lejos de este alboroto general en el que vivimos. Tuvieron que pasar bastantes años para que llegara a ejercer de cabrero. Y esto fue ya aquí, en Málaga. Fueron tres meses por estos montes. La amistad con un amigo me impuso este deber. Y también les aseguro que fue una experiencia única en su belleza y en su emoción. El recuerdo de mis días de cabrero está más fresco en mi mente. Y percibo aún con exactitud lo que para mí era el perfume-olor de las cabras. Ciertamente inolvidable. Tengo grabado el sonido de la cencerrada, esa sinfonía que acompaña al cabrero mientras contempla al ganado y se le van la cabeza y el alma al cielo. Pero de aquellos casi cien días hubo uno especial. Era una tarde neblinosa, en la que a la sombra de una retama, el sonido de los cencerros se me convirtió en una sinfonía  inolvidable, que me llevó a dónde ya no sé, pero no era aquí en la tierra. A veces las palabras no bastan para describir un suceso, una escena. Y esta es una de esas ocasiones.

Se dice de algunos animales que son amigos del hombre porque llevan siglos acompañando al ser humano. Y ahí tenemos el perro, el caballo y otros. Y yo me pregunto: ¿No es acaso la cabra también un amigo del hombre? ¿Desde cuándo acompaña este bueno y bello animal los trasiegos de la vida humana? Pues desde que hay memoria. Desde siempre. En la Biblia, libro que ha conformado nuestra civilización, en las primeras páginas ya  aparece el patriarca Abrahán. ¿Y qué era Abrahán? Un pastor, un cabrero, un trashumante que iba y venía con la familia y la casa a cuestas. Más tarde aparece una de las figuras más relevantes del libro sagrado: el rey David. ¿Y qué era David antes de su designación real? Un pastor, un cabrero. Hay un pasaje en la vida del Señor Jesús que es muy relevante para este pregón. Todos lo conocéis, es el relato del Buen Pastor. El Señor habla a unos oyentes que son en su mayoría gente de campo, agricultores y ganaderos. Y utiliza el símil del pastor para referirse a sí mismo porque sabe que todos los oyentes lo van a entender perfectamente. Y dice que Él es el buen pastor, que él conoce a sus ovejas y estas lo conocen a Él. Que Él no es un asalariado al que le importe más o menos las ovejas. Que Él ama a sus ovejas, que estas lo conocen por su voz y que da la vida por sus ovejas. Que si tiene cien ovejas y pierde una, deja por un tiempo a las noventa y nueve restantes y va en busca de la que se ha perdido. Todo esto, dicho hace más de dos mil años, tiene una vigencia total. Hoy también las ovejas y las cabras reconocen la voz del pastor, una voz que les produce sosiego y seguridad.

Siguiendo adelante en el tiempo nos topamos con otro libro de referencia universal: Don Quijote. El capítulo cuarto del primer volumen relata el encuentro del Ingenioso Hidalgo con un grupo de cabreros. Es un capítulo amable, relajado, pacífico, en el que Don Quijote encuentra una acogida sin igual entre aquellos cabreros que le ofrecen lo que tienen, comparten todo con aquel individuo extraño con pinta de estar chiflado. No le preguntan nada, sencillamente lo acogen y comparten. Es uno de los pocos capítulos del libro en el que no hay entuertos y follones. Sólo paz. Y es que así son los pastores, los cabreros, gente de paz. A veces pienso que lo son, entre otros motivos, porque los animales que pastorean son animales de paz, de mucha paz.

Podríamos seguir encontrando historias por todas partes en la que la cabra es lo que decíamos al principio: un torpedo cultural. En nuestro caso, la cabra malagueña  hoy forma parte indiscutible de nuestro ser y estar en el mundo, de nuestra cultura. Un reciente reconocimiento cultural a la cabra malagueña lo tuvimos en esa exposición de esculturas de cabras realizadas por destacados artista actuales y que todos conocéis. Esa piara de cabras de arte se agrupó en el PIMPI y pasó por la calle Larios y luego por toda la provincia. Y una de ellas, la del artista Andrés Mérida volvió al PIMPI y allí está en la puerta de la calle Alcazabilla. Yo creo que es la imagen más fotografiada del PIMPI por nacionales y extranjeros.

 

Como broche de este pregón os cuento una historia que podríamos titular “Pablo Picasso y la cabra malagueña”. Creo que ninguna figura puede resaltar más internacionalmente nuestra cabra que nuestro genial pintor. Es muy interesante porque vemos que Picasso repite el tema de la cabra en varias formas y ocasiones. Con la cabra; pienso, le ocurre como con las corridas de toros es casi una fijación. ¿Y de dónde le viene este entusiasmo por las cabras y por los toros? Yo lo veo muy claro. El niño Picasso en esa primera edad, en la que la mente es una esponja que lo absorbe todo, acude con regularidad, con su padre, a la plaza de la Malagueta. Y ve y siente imágenes tan poderosas que se clavan en sus retinas para siempre. La cabra la pudo ver fácilmente en los cercanos montes que casi se ven desde su casa y también es seguro que las contempló por las calles de Málaga. La mayoría de los que estamos aquí hemos visto los rebaños de cabras pasar al atardecer por las calles de nuestros pueblos dejando ese inconfundible olor que aún hoy cualquiera de nosotros puede reconocer. No me he puesto a indagar cuántas veces pintó o esculpió Picasso una cabra. No era ese el tema de este pregón. Pero citando de memoria os puedo hablar de dos ocasiones. Una de ellas la conocen millones de personas. Es la cabra que esculpió Picasso en yeso, en 1950, hecha con materiales recogidos en un derribo y que hoy está en el Museo de Arte Moderno de Nueva York. La otra la ha visto menos gente. Es un guach que pertenece a una familia de origen malagueño y en la que Picasso recorta con unas tijeras una cabra y la coloca sobre un fondo de una foto de un paisaje. A lo mejor hay más cabras picassianas. Si así fuera sería cosa de recopilarlas y publicitarlas. Picasso, como cualquier ser humano, es hijo de su paisaje, y el paisaje que no nos abandona en toda la vida es la infancia.

Nunca imaginé que pudiera haber construido este pregón. Haber sido capaz de hablarles a ustedes un puñado de minutos sobre este animal tan sobresaliente. Para despedirme contarles un pequeño secreto. Conforme adelantaba en la redacción de este pregón me he ido entusiasmando con este animal, encantando, embelesando, encariñando. Y es que la cabra malagueña, amigos todos, es la infancia, y  como dijo el poeta, la infancia es la patria.

 

Muchas gracias y buenas noches.

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